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NAHUAL
CIBERNÉTICO
La lucha por la luz desde el
fondo de un cráneo,
En la cibernética de las
auras sembré aquel campo de peyotes,
En donde las piedras aúllan.
Por cada cadáver de ave una
historia,
Así aprendí yo el arte de
las ánimas dormidas,
Con el cuarto cerebro,
sangrando aquí en este desierto centroeuropeo, donde las cinocéfalas son
driadas de una línea simétrica de abonado.
Soy un himno inconsciente
que camina guarecido, como las hierbas que se fuman y se meditan en un
corazón de ciguaraya.
Allí alcanzamos nobles
frutos llamados cerebros humanos, allí sintetizamos el Ayahuasca como
humanoides de madera amaestrados.
Conocimos lóbregas mundos de
azabache en donde las cabelleras se cortaban y se hacían de ellas mágicas
infusiones que te hacían volar.
Recordamos nuestras
corrupciones amnióticas, vivimos muertos muchos días sin conocer el
despertar, entonces yo era joven y no un protervo farsante de albas.
En la cibernética de tus
arpas sembré aquel campo de peyotes, y las iguanas vestían tu sexo y eras
eternamente virgen, nos apartamos del mundo de su mundo de oropel y de
senderos de traición. Ahora resucitamos espíritus con pscicotrones, con el
aliento de belladonas y girasoles hirsutos.
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Metempsicosis
Soñé soñar un sueño, de los
sueños que sueñan soñar despiertos. Despiertos los que despiertan estando
despiertos, que la muerte no te sueña y el sueño de la vida, no es ya un
sueño digno, de morir en un despertar de ensueño. Soy la muerte que
camina, en un sueño soñado por un muerto, que las tumbas no despiertan a
una muerte de la vida, que se sueña con la carne jadeante y extinguida.
Soñé soñar un sueño, de los
sueños que sueñan soñar desdeños. Soy un ensueño embalsamado de columpios
de recuerdos de infancias muertas, grité a la muerte para nacer en una
tumba llena de úteros y sangre perpetua. Por eso ves en mis ojos la
vacuidad de los vivos, la vida muerta, la muerte en vida que nada espera.
Soy la muerte que camina en
un sueño de difuntos, soy la vida que da vida a los moribundos, soy el
estertor del alumbramiento a las puertas de este averno, por eso comprendí
yo que en este inmenso panteón nacimos muertos, morir después de morir es
una cuestión de tiempo .
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El Árbol que Sangra
Soy un dios de crisolito un
aullido de ánimas ahogadas en hierro y hormigón, una antena parabólica que
come ojos de mujeres sin hígado.
Soy el viento de aserrín
que anega los pulmones del mendigo y acaso el árbol que sangra en el
páramo de tu amarga vida, llena de felicidad mutante, de tan tristes
engaños, de tan infelices desenfados, por eso ahora aquellos que me
mutilan son mis mas amados amigos.
El plasma alimenta mis
raíces y en este campo de cuerpos humanos el aire es una ponzoña que se
desliza por mis ramas haciéndome más fuerte, ellos de mi toman la sombra
antes de morir en mi corteza, como los insectos que hacen en mis vísceras
madrigueras y de sus larvas voraces nacen los hongos y demás parásitos del
alma, un lupanar espiritual que ya nadie abusa ni venera.
Y cuando azota el otoño con
su invernal furia de mí caen pedazos de piel en forma de hojas, y de ellas
se alimentan alimañas y demás pensamientos soeces, como las hienas
preñadas de la carroña de los jueces. Soy el cielo de costras que sueña en
las vaginas de las montañas y en las estepas, o acaso el árbol que sangra
mientras se masturban con mi tronco las adulteras y las hiedras más
cruentas.
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La Serpiente Florecida
Sembré una semilla de tus
lágrimas corrompidas, por el veneno de tu espíritu impuro. Allí en los
cuerpos vírgenes de las furias, de las arpías de pechos jadeantes. Al cabo
de un tiempo me atacaron pequeños demonios para que no regara la simiente,
pero fui más fuerte y copulé con ellos hasta hacerlos parte de de mi
sonrisa complaciente.
Crecieron de esos cuerpos de
jineteras y odaliscas, bellas serpientes tan largas como tu fe. Crecí yo
floreciendo mis escamas, entre tus piernas sonreía y tú me veías asqueada
y complacida.
Pitones de dos cabezas,
salían de las columnas vertebrales de tus mejores amigas, corales de las
gargantas de las beatas más sufridas y todo en el pueblo era una conmoción
reptilinea sin precedentes.
Al cabo de un tiempo esos
cabellos de Gorgona dieron sus frutos, sanguinolentas almendras de
conciencia, pequeñas bestezuelas con forma de ofidios emplumados. Todas
las mujeres corrían a devorarlos con avidez desmesurada, exornaron sus
gulas hasta ver sus vientres rechonchos y abultados.
Crecí yo floreciendo mis
escamas, y en tu perineo encontré un nuevo agujero para parir más almas y
el néctar deletéreo del Leteo alimentó a mis infernales crías y hasta la
siguiente primavera no existió la calma.
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Psicomancia
Prostituyeron al chamán y a
su estirpe en libelos dignos de Arhimán, ahogado en la caspa de la
psicología integrativa. No tienen reinos en la tierra ni puentes en el
cielo suficientemente corrompidos que hicieron del espirituoso un
arlequín, de los avernos más protervos un escuálido idiota pervertido.
Crearon con su ciencia
absurda y su amalgama de inconscientes egos y mancias de una falsa
humildad, de un destino que traficará los milagros psicológicos en un
tetrabrik.
Psicomancia, proxenetas de
ocultismos sagrados, mentes perturbadas por la sed del zahorí que nunca
encuentra agua. Sincretismos sin conciencia de lo espiritual y amos
absolutos de la confusión, en medio de este circo de hipotálamos
malheridos, por las lunas pineales del más infeliz olvido.
Psicomancia: el arte de los
suicidios mentales, el caldo donde hierven los genios mutantes, los gurús
ultramodernos que se venden sus uñas, sus genitales y sus falanges.
Todos tienen la razón, todos
tienen la solución y el método para ayudarte y sus negocios subliminales
exhibirán tus traumas como un guardarropas excitante, y por dentro
esculpirán sus templos de soberbia, como los santos que nunca vivieron el
mundo del pecador, una realidad espiritual prostituida de ficción y
aderezada de satoris y pseudoreligión.
¿Es la nueva terapia de
moda? pero al final ¿quién es el enfermo y quién es el sanador?
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Desdoblamiento en el Desierto
Me llevaron a rastras hacia
un lugar árido donde solo se respira la muerte, decían que me ayudaban y a
menudo me echaban gusanos en el pecho. Allí me torturaron para ver si era
yo un cascarón vacío, si tenía sangre o era yo un muñeco lleno de heno y
piojos. Grité y pedí ayuda en la oscuridad, en aquella tormenta de
excrementos me desprendí de mi cuerpo, y los vi desde arriba, junto a mis
despojos corporales, como ven los águilas al desgraciado conejo, bajé y
les ayude a seguir mutilando mi cuerpo.
Picotee en mis globos
oculares, clave las zarpas en un costado y en otro hasta abrirme paso
entre mis propias entrañas, donde ya los tejidos eran infectos y la
conciencia un tótem esculpido de bilis y heces.
Ellos reían y se ensalzaban
al ver mi macabra tarea, se peleaban por mis restos como las jaurías de
perros sarnosos y hambrientos en el desierto, y yo desplegaba mis alas
como el halcón que en su orgullo medita, mecido levemente por la sicodelia
de los nimbos.
Al cabo de un tiempo no
quedo nada solo una triste osamenta cobijada con míseros pedazos de tripas
y carne, violentados, derruidos como las sombras de los cactus que se
pudren al no poder sobrevivir a la impiedad de las temperaturas. Ascendí
entonces a las alturas sobre las cabezas de aquellos que hartos de mis
miembros en su enferma saciedad se retorcían.
Me columpié en el cielo como
una saeta, como una insignia del reino más apacible del espacio y el
tiempo.
Arriba siempre arriba donde
no existe la tierra, el mar o el cielo, en esa dimensión donde viven los
muertos, allí vivo yo sobrevolando mis funerales eternos, esperando el
siguiente final para devorarme y añadir un hueso más a mi corona de
infiernos.
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BARDOTERAPIA
Dibujo con mis manos una
sonrisa en tu tormenta, los años son lirios de luz y azucenas. Y aquellos
meses amasé tus quebrantos, como se calma el mar en la regencia, del
hirsuto zahorí de la ciencia.
Leías el latido de la
tempestad, como un lucero en la inercia, de mis besos de tus dedos, nacen
recuerdos de mi estepa. Ahí llaman al silencio para hacer rituales en el
cenit de los inviernos.
Son diez sesiones lo que me
receté, diez mujeres llamadas versos me resucitaron, y con sus brazos de
rima dieron vida a mi vida y con sus liras y cantos despertaron del sueño
eterno al insensato pensamiento de mi corazón hastiado.
Todos esos poemas al final
no me curaron, ni de sus concursos ni de mis heridas, ni de mis errores ni
de tus traumas azul plateados,
Concebí ideas audaces del
aquellos mis retoños depresivos, y como un dominé me perdí en los espacios
de mis nuevos sentidos, ahora soy un tonal un ser que pisa dimensiones en
las fronteras de lo conocido, un puño de energía encarnada en una capa de
ganglios esparcidos.
Las odas, los alejandrinos,
las sinalefas y los serventesios, los señores endecasílabos, nacen de la
misma fuente del Narciso y me guían como referencias de realidad en este
purulento laberinto.
Los tercetos encadenados
serán mis garras, lacerando los muslos de las incrédulas bacantes.
Ahora soy una abominación
nacida de musas alcohólicas y pervertidas, en sus propios jugos
corporales.
Todos esos poemas al final
no me curaron, porque su belleza cubría máscaras horrendas de vejigas
humanas, lo que en realidad somos en nuestras fosas comunes, lo que en
realidad somos en este mundo, nos horroriza y patológicamente siempre nos
seduce.
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Síndrome de Jodorowsky
Oblea blu, oblea du,
atenismo, atenismo, oblea blu, si tu tumba es mi casa, si tu casa es el
cielo, del légamo cerebral arduk.
Gastaminé, gastaminé
foremilano oblea heriré, tu madre te odiaba mariré, ariví jovamachu,
jovalacú, es el lenguaje del inconsciente, una herida que se cura curando
heridas, una herida tan grande que se resiste a la ciencia, un ego tan
grande que su magia es un subliminal negocio, maquillado de
exclusividades, donaciones y neoidolatrías, vendiendo esperanzas en él
confías. Oblea blu, no es un chamán, ni una luna ni una cruz, es un loco
pintando de oquedades tu luz, en este mundo es rey del absurdo y vende su
perversión que disfruto yo y masturbas tú.
Oblea blu, oblea du,
atenismo, atenismo, oblea blu, si tu tumba es mi casa, si tu casa es el
cielo, del légamo cerebral arduk.
Fleuirty gas di odicamalam,
ditiriam amallas amas tas.
Entierrame, entierrate en su
salvación somos las sonrisas de una tristeza que no funcionó, el
denominador de la sin razón, los mecanismos de ofensiva de nuestro
primario superello, los complejos de Cintia y las psicosis instantáneas en
los trigales de la histeria.
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La Piedra que Aullaba
Encontré dentro de tu útero
un campo de olmos de bronce, y una piedra que aullaba y un arlequín sin
nombre. Cazaba gaviotas, alondras y moscas para que me hablara aquel
guijarro, de los tiempos del dios del miedo, antes de la existencia de Eva
la reina depravada.
Aquel mineral bastardo
sangraba flema al relatar aquellos pasajes espantosos de antes de la
humanidad, donde los lupinos violaban a la tierra haciendo grietas de
donde nacieron seres protervos en forma de hienas.
Y sus historias masturbaron
mis karmas y mis periespíritus como lo hace un carrusel con un simio, por
eso le oía día y noche como un poseso ávido de más exorcismos.
Al aullar se le olía
desprender los hedores más pútridos y convulsivos que hubiera soportado
lóbulo temporal en el mundo entero, el terreno se infestaba de moho como
una intoxicación de oraciones vacuas.
Antes del bien y el mal,
antes del principio y el big bang, las plantas hablaban, los cielos
besaban y los gatos también eran personas, y me susurró espantosamente
como era ella la última de su especie, y cómo había sobrevivido por los
siglos de los siglos, en los úteros muertos de un animal, una hembra o un
lemuriano.
Por eso le llevé conmigo y
le hice polvo entre sus espasmódicos y fétidos chillidos de maldición, y
te di a beber estos polvos en medio de un polvo para hacerte una marioneta
de mis antojos
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Manzanas de
Carne Humana
Vi una
prostituta desnuda a los lomos de un gran monstruo, llevaba una corona de
falos humanos mutilados, olía a heroína y los tatuajes de su piel te
invitaban a fornicarle.
El
monstruo tenía en su piel mil nombres blasfemos hacia Dios y se alimentaba
de manzanas de carne humana. Cabalgaba en un desierto cubierto de espinas
y cardos y todos los curanderos modernos del mundo se peleaban por los
excrementos de aquella bestia abominable, cuyo rostro cthuluniano,
desvirgaba a religiosas a cada paso por conventos y liceos.
Aplastaba con sus zarpas todos los reinos del mundo, todas las creencias y
morales, escupía sida y cáncer que curaban a asesinos ciegos, psicópatas
convirtiéndolos en niñeras de estatuas de sal.
El
monstruo desprendía pelos como larvas que se anidaban en los ombligos de
las mujeres que a la postre parían una suerte de cucarachas cornudas que
todo lo roían en un afán insaciable de destrucción.
Aquel
monstruo levantó sus cuernos hacia el cielo y se abrió un abismo pavoroso,
los árboles de huesos que crecían a su alrededor empezaron a florecer con
rostros de ancianos dolientes, ellos vomitaban las manzanas de carne
humana, y con cada mordida la prostituta babeaba en su multiorgasmia .
De sus pezones brotaba la
depravación los retorcidos nectares de Gomorra , serán ahora su nefasta e
imperecedera
gloria.
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