LAS FUERZAS SINIESTRAS

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PSICOCHAMÁN

Por:  Rogervan Rubattino.

 

NAHUAL CIBERNÉTICO

La lucha por la luz desde el fondo de un cráneo,

En la cibernética de las auras sembré aquel campo de peyotes,

En donde las piedras aúllan.

Por cada cadáver de ave una historia,

Así aprendí yo el arte de las ánimas dormidas,

Con el cuarto cerebro, sangrando aquí en este desierto centroeuropeo, donde las cinocéfalas son driadas de una línea simétrica de abonado.

Soy un himno inconsciente que camina guarecido, como las hierbas que se fuman y se meditan en un corazón de ciguaraya.

Allí alcanzamos nobles frutos llamados cerebros humanos, allí sintetizamos el Ayahuasca como humanoides de madera amaestrados.

Conocimos lóbregas mundos de azabache en donde las cabelleras se cortaban y se hacían de ellas mágicas infusiones que te hacían volar.

Recordamos nuestras corrupciones amnióticas, vivimos muertos muchos días sin conocer el despertar, entonces yo era joven y no un protervo farsante de albas.

En la cibernética de tus arpas sembré aquel campo de peyotes, y las iguanas vestían tu sexo y eras eternamente virgen, nos apartamos del mundo de su mundo de oropel y de senderos de traición. Ahora resucitamos espíritus con pscicotrones, con el aliento de belladonas y girasoles hirsutos.

 

 

 

 

Metempsicosis

 

Soñé soñar un sueño, de los sueños que sueñan soñar despiertos. Despiertos los que despiertan estando despiertos, que la muerte no te sueña y el sueño de la vida, no es ya un sueño digno, de morir en un despertar de ensueño. Soy la muerte que camina, en un sueño soñado por un muerto, que las tumbas no despiertan a una muerte de la vida, que se sueña con la carne jadeante y extinguida.

Soñé soñar un sueño, de los sueños que sueñan soñar desdeños. Soy un ensueño embalsamado de columpios de recuerdos de infancias muertas, grité a la muerte para nacer en una tumba llena de úteros y sangre perpetua. Por eso ves en mis ojos la vacuidad de los vivos, la vida muerta, la muerte en vida que nada espera.

Soy la muerte que camina en un sueño de difuntos, soy la vida que da vida a los moribundos, soy el estertor del alumbramiento a las puertas de este averno, por eso comprendí yo que en este inmenso panteón nacimos muertos, morir después de morir es una cuestión de tiempo .

 

 

 

 

 

 

El Árbol que Sangra

Soy un dios de crisolito un aullido de ánimas ahogadas en hierro y hormigón, una antena parabólica que come ojos de mujeres sin hígado.

Soy  el viento de aserrín que anega los pulmones del mendigo y acaso el árbol que sangra en el páramo de tu amarga vida, llena de felicidad mutante, de tan tristes engaños, de tan infelices desenfados, por eso ahora aquellos que me mutilan son mis mas amados amigos.

El plasma alimenta mis raíces y en este campo de cuerpos humanos el aire es una ponzoña que se desliza por mis ramas haciéndome más fuerte, ellos de mi toman la sombra antes de morir en mi corteza, como los insectos que hacen en mis vísceras madrigueras y de sus larvas voraces nacen los hongos y demás parásitos del alma, un lupanar espiritual que ya nadie abusa ni venera.

Y cuando azota el otoño con su invernal furia de mí caen pedazos de piel en forma de hojas, y de ellas se alimentan alimañas y demás pensamientos soeces, como las hienas preñadas de la carroña de los jueces. Soy el cielo de costras que sueña en las vaginas de las montañas y en las estepas, o acaso el árbol que sangra mientras se masturban con mi tronco las adulteras y las hiedras más cruentas.

 

 

 

La Serpiente Florecida

 

Sembré una semilla de tus lágrimas corrompidas, por el veneno de tu espíritu impuro. Allí en los cuerpos vírgenes de las furias, de las arpías de pechos jadeantes. Al cabo de un tiempo me atacaron pequeños demonios para que no regara la simiente, pero fui más fuerte y copulé con ellos hasta hacerlos parte de de mi sonrisa complaciente.

Crecieron de esos cuerpos de jineteras y odaliscas, bellas serpientes tan largas como tu fe. Crecí yo floreciendo mis escamas, entre tus piernas sonreía y tú me veías asqueada y complacida.

Pitones de dos cabezas, salían de las columnas vertebrales de tus mejores amigas, corales de las gargantas de las beatas más sufridas y todo en el pueblo era una conmoción reptilinea sin precedentes.

Al cabo de un tiempo esos cabellos de Gorgona dieron sus frutos, sanguinolentas almendras de conciencia, pequeñas bestezuelas con forma de ofidios emplumados. Todas las mujeres corrían a devorarlos con avidez desmesurada, exornaron sus gulas hasta ver sus vientres rechonchos y abultados.

Crecí yo floreciendo mis escamas, y en tu perineo encontré un nuevo agujero para parir más almas y el néctar deletéreo del Leteo alimentó a mis infernales crías y hasta la siguiente primavera no existió la calma.

 

 

 

Psicomancia

 

Prostituyeron al chamán y a su estirpe en libelos dignos de Arhimán, ahogado en la caspa de la psicología integrativa. No tienen reinos en la tierra ni puentes en el cielo suficientemente corrompidos que hicieron del espirituoso un arlequín, de los avernos más protervos un escuálido idiota pervertido.

Crearon con su ciencia absurda y su amalgama de inconscientes egos y mancias de una falsa humildad, de un destino que traficará los milagros psicológicos en un tetrabrik.

Psicomancia, proxenetas de ocultismos sagrados, mentes perturbadas por la sed del zahorí que nunca encuentra agua. Sincretismos sin conciencia de lo espiritual y amos absolutos de la confusión, en medio de este circo de hipotálamos malheridos, por las lunas pineales del más infeliz olvido.

Psicomancia: el arte de los suicidios mentales, el caldo donde hierven los genios mutantes, los gurús ultramodernos que se venden sus uñas, sus genitales y sus falanges.

Todos tienen la razón, todos tienen la solución y el método para ayudarte y sus negocios subliminales exhibirán tus traumas como un guardarropas excitante, y por dentro esculpirán sus templos de soberbia, como los santos que nunca vivieron el mundo del pecador, una realidad espiritual prostituida de ficción y aderezada de satoris y pseudoreligión.

¿Es la nueva terapia de moda? pero al final ¿quién es el enfermo y quién es el sanador?

 

 

 

 

Desdoblamiento en el Desierto

 

Me llevaron a rastras hacia un lugar árido donde solo se respira la muerte, decían que me ayudaban y a menudo me echaban gusanos en el pecho. Allí me torturaron para ver si era yo un cascarón vacío, si tenía sangre o era yo un muñeco lleno de heno y piojos. Grité y pedí ayuda en la oscuridad, en aquella tormenta de excrementos me desprendí de mi cuerpo, y los vi desde arriba, junto a mis despojos corporales, como ven los águilas al desgraciado conejo, bajé y les ayude a seguir mutilando mi cuerpo.

Picotee en mis globos oculares, clave las zarpas en un costado y en otro hasta abrirme paso entre mis propias entrañas, donde ya los tejidos eran infectos y la conciencia un tótem esculpido de bilis y heces.

Ellos reían y se ensalzaban al ver mi macabra tarea, se peleaban por mis restos como las jaurías de perros sarnosos y hambrientos en el desierto, y yo desplegaba mis alas como el halcón que en su orgullo medita, mecido levemente por la sicodelia de los nimbos.

Al cabo de un tiempo no quedo nada solo una triste osamenta cobijada con míseros pedazos de tripas y carne, violentados, derruidos como las sombras de los cactus que se pudren al no poder sobrevivir a la impiedad de las temperaturas. Ascendí entonces a las alturas sobre las cabezas de aquellos que hartos de mis miembros en su enferma saciedad se retorcían.

Me columpié en el cielo como una saeta, como una insignia del reino más apacible del espacio y el tiempo.

Arriba siempre arriba donde no existe la tierra, el mar o el cielo, en esa dimensión donde viven los muertos, allí vivo yo sobrevolando mis funerales eternos, esperando el siguiente final para devorarme y añadir un hueso más a mi  corona de infiernos.

 

 

 

BARDOTERAPIA

Dibujo con mis manos una sonrisa en tu tormenta, los años son lirios de luz y azucenas. Y aquellos meses amasé tus quebrantos, como se calma el mar en la regencia, del hirsuto zahorí de la ciencia.

Leías el latido de la tempestad, como un lucero en la inercia, de mis besos de tus dedos, nacen recuerdos de mi estepa. Ahí llaman al silencio para hacer rituales en el cenit de los inviernos.

Son diez sesiones lo que me receté, diez mujeres llamadas versos me resucitaron, y con sus brazos de rima dieron vida a mi vida y con sus liras y cantos despertaron del  sueño eterno al insensato pensamiento de mi corazón hastiado.

Todos esos poemas al final no me curaron, ni de sus concursos ni de mis heridas, ni de mis errores ni de tus traumas azul plateados,

Concebí ideas audaces del aquellos mis retoños depresivos, y como un dominé me perdí en los espacios de mis nuevos sentidos, ahora soy un tonal un ser que pisa dimensiones en las fronteras de lo conocido, un puño de energía encarnada en una capa de ganglios esparcidos.

Las odas, los alejandrinos, las sinalefas y los serventesios, los señores endecasílabos, nacen de la misma fuente del Narciso y me guían como referencias de realidad en este purulento laberinto.

Los tercetos encadenados serán mis garras, lacerando los muslos de las incrédulas bacantes.

Ahora soy una abominación nacida de musas alcohólicas y pervertidas, en sus propios jugos corporales.

Todos esos poemas al final no me curaron, porque su belleza cubría máscaras horrendas de vejigas humanas, lo que en realidad somos en nuestras fosas comunes, lo que en realidad somos en este mundo, nos horroriza y  patológicamente siempre nos seduce.

 

 

 

 

Síndrome de Jodorowsky

 

Oblea blu, oblea du, atenismo, atenismo, oblea blu, si tu tumba es mi casa, si tu casa es el cielo, del légamo cerebral arduk.

Gastaminé, gastaminé foremilano oblea heriré, tu madre te odiaba mariré, ariví jovamachu, jovalacú, es el lenguaje del inconsciente, una herida que se cura curando heridas, una herida tan grande que se resiste a la ciencia, un ego tan grande que su magia es un subliminal negocio, maquillado de exclusividades, donaciones y neoidolatrías, vendiendo esperanzas en él confías. Oblea blu, no es un chamán, ni una luna ni una cruz, es un loco pintando de oquedades tu luz, en este mundo es rey  del absurdo y vende su perversión que disfruto yo y masturbas tú.

Oblea blu, oblea du, atenismo, atenismo, oblea blu, si tu tumba es mi casa, si tu casa es el cielo, del légamo cerebral arduk.

Fleuirty gas di odicamalam, ditiriam amallas amas tas.

Entierrame, entierrate en su salvación somos las sonrisas de una tristeza que no funcionó, el denominador de la sin razón, los mecanismos de ofensiva de nuestro primario superello, los complejos de Cintia y las psicosis instantáneas en los trigales de la histeria.

 

 

 

 

La Piedra que Aullaba

Encontré dentro de tu útero un campo de olmos de bronce, y una piedra que aullaba y un arlequín sin nombre. Cazaba gaviotas, alondras y moscas para que me hablara aquel guijarro, de los tiempos del dios del miedo, antes de la existencia de Eva la reina depravada.

Aquel mineral bastardo sangraba flema al relatar aquellos pasajes espantosos de antes de la humanidad, donde los lupinos violaban a la tierra haciendo grietas de donde nacieron seres protervos en forma de hienas.

Y sus historias masturbaron mis karmas y mis periespíritus como lo hace un carrusel con un simio, por eso le oía día y noche como un poseso ávido de más exorcismos.

Al aullar se le olía desprender los hedores más pútridos y convulsivos que hubiera soportado lóbulo temporal en el mundo entero, el terreno se infestaba de moho como una intoxicación de oraciones vacuas.

Antes del bien y el mal, antes del principio y el big bang, las plantas hablaban, los cielos besaban y los gatos también eran personas, y me susurró espantosamente como era ella  la última de su especie, y cómo había sobrevivido por los siglos de los siglos, en los úteros muertos de un animal, una hembra o un lemuriano.

Por eso le llevé conmigo y le hice polvo entre sus espasmódicos  y fétidos chillidos de maldición, y te di a beber estos polvos en medio de un polvo para hacerte una marioneta de mis antojos

 

 

 

 

 

Manzanas de Carne Humana

 

Vi una prostituta desnuda a los lomos de un gran monstruo, llevaba una corona de falos humanos mutilados, olía a heroína y los tatuajes de su piel te invitaban a fornicarle.

El monstruo tenía en su piel mil nombres blasfemos hacia Dios y se alimentaba de manzanas de carne humana. Cabalgaba en un desierto cubierto de espinas y cardos y todos los curanderos modernos del mundo se peleaban por los excrementos de aquella bestia abominable, cuyo rostro cthuluniano, desvirgaba a religiosas a cada paso por conventos y liceos.

Aplastaba con sus zarpas todos los reinos del mundo, todas las creencias y morales, escupía sida y cáncer que curaban a asesinos ciegos, psicópatas convirtiéndolos en niñeras de estatuas de sal.

El monstruo desprendía pelos como larvas que se anidaban en los ombligos de las mujeres que a la postre parían una suerte de cucarachas cornudas que todo lo roían en un afán insaciable de destrucción.

Aquel monstruo levantó sus cuernos hacia el cielo y se abrió un abismo pavoroso, los árboles de huesos que crecían a su alrededor empezaron a florecer con rostros de ancianos dolientes, ellos vomitaban las manzanas de carne humana, y con cada mordida la prostituta babeaba en su multiorgasmia .

De sus pezones brotaba la depravación los retorcidos nectares de Gomorra , serán ahora su nefasta e imperecedera gloria.